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Ensayo Sobre el Positivismo en México.

Curso de Teorías Sociológicas.
Ensayo Sobre el Positivismo en México.
Mtro. César García Razo.
Mayo 2012.

Revisiones Generales en Torno al Positivismo en el Curso Teorías Sociológicas, basado en los Textos:

a) Comte, Augusto, Discurso sobre el espíritu positivo, México, Ed. Aguilar, 1980, págs. 101-132.
b) Marcuse Hebert, Razón y revolución, Madrid, Alianza, 1976, págs. 247-268 y 315-349.
c) Zea, Leopoldo, “Los orígenes”, en El positivismo en México: nacimiento apogeo y decadencia, México, FCE, 1968.

Revisiones Generales en Torno al Positivismo en el Curso Teorías Sociológicas.

Las cuestiones que subyacen al texto nos llevarían a plantearnos diversas preguntas ¿Cómo se observa el positivismo en nuestros días? ¿qué distingue a los liberales del los positivistas según Mora y Barreda? ¿Qué distingue al positivismo mexicano del francés? Podemos esbozar como una primera aproximación, que el mexicano tomó la base empiricista para privilegiar el desarrollo de una academia científica metodológicamente empirista-objetivista, blindada a los permeajes sincréticos de los “paganismos” locales así como las influencias dogmáticas del pensamiento clerical, que pudiera emanciparse socialmente y ser la matriz ideológica de un gobierno “científico” desvinculado finalmente de la Iglesia Católica.

Por otra parte el positivismo francés concebía un sentido de “trascendentalismo” por el que la razón pura, el campo de las ideas, o el conocimiento “a priori” de la realidad, es decir, la idea de que el conocimiento estaba dentro del propio ser humano, y que la sola introspección posibilitaba un entendimiento eficaz del mundo, se complementaba mediante el referido positivismo en el sentido de que también la experiencia, tanto de vida (historicidad) como la perceptividad sensorial, constituían fuentes de conocimiento del mundo más válidas que cualquier otra. De esta premisa la idea del empirismo metodológico, que establece la comprobación experimental como base ineludible del conocimiento científico social. Nótese sin embargo que el empirismo en Comte, fue tratado como una parte, de esa comprensibilidad plena de la conciencia que se construía también por inducción, mediante la razón pura, y mediante la comprensión interior de los arquetipos, las esencias y las fuerzas elementales, como era en su origen concebido por el idealismo platónico y que fuera expresado también por el pensamiento teológico. No obstante, sólo una parte de estas ideas fue importada, como argumento de principio y soporte para un posicionamiento social de empoderamiento de la “burguesía” y la generación de un nuevo orden social que le favoreciera. Recordemos cómo Zea refiere que la burguesía mexicana, a la que pertenecía el propio Mora, se diferenciaba de la francesa en que ésta provenía de una aristocracia o nobleza, venida a menos, mientras que la burguesía europea se constituía por comerciantes que habían visto reivindicados sus derechos apenas recientemente y gozaban en cierta forma de prestigio y auto-reconocimiento que no fue alcanzado por sus homólogos mexicanos.

En cuanto a los liberales y los positivistas, se diferencian básicamente porque el aspecto epistémico metodológico en que la filosofía positiva hacía énfasis, y que escindido de la parte trascendentalista le convierte, como se ha visto, en un aparato ideológico justificatorio del Statu Quo, que se homologó vagamente con la noción más amplia y trascendental de Realidad-objetivamente-dada, pero que desde su perspectiva esencialmente trascendente se conecta con las nociones de igualdad y fraternidad que postula el liberalismo, concibiendo a la razón y a la educación como las formas más altas de transformación social.

El Dr. Mora expresó una evolución en su pensamiento, que iba justamente del carácter conservador y burgués, al de un liberal cientificista. Postuló al principio su vocación irrenunciable por el pacifismo para terminar matizando sus proposiciones en el sentido de que la fuerza era necesaria e ciertos casos. Aquí es donde se deslinda más claramente del planteamiento liberal.

Todo esto puede decirse del positivismo y más, pero sobre todo, conviene recordar su papel en la gestión de los últimos planteamientos liberales, y últimamente progresistas, de que el lenguaje, la razón y la educación son la fuente primordial de la evolución social. Que la verdadera y sola revolución deseable, en la que convergería la armonía de todos los intereses y de todos los hombres, es la revolución de la razón, es decir la revolución del tiempo.

Ahora, la educación positivista en México, en su desvinculación de la influencia eclesiástica desatendió por mucho tiempo el ámbito de la educación correspondiente a las artes y las humanidades, que antes se favorecían, aún cuando fueran bajo una mirada más bien litúrgica y teológica respectivamente, pero cuya carencia vemos traducida hoy en una serie de problemáticas asociadas a la utilidad del modelo educativo para esclarecer un sentido unitario de interés nacional.

Por último, el positivismo en nuestros días puede observarse en el rechazo y desdén que producen las formas de comprensión no desarrollista de la vida cotidana, basadas en ideologías de mayor respeto por los recursos naturales y por la tierra, como aquellas que sostienen los distintos grupos étnicos de nuestro país y de América Latina. El positivismo se integró en México como una forma filosófica de “anticlericalismo” es decir anti-Iglesia Católica, que al día de hoy se preserva en la educación pública de manera que se ha evidenciado como un desafío altamente problemático la inculturación de valores sociales únicamente soportados en la reflexión ética desprovista de orientación trascendental o trans-generacional mínimamente. A través de esta mirada se da cuenta por ejemplo, de que este modelo “laico”, requiere al menos integrar mayores y nuevos elementos de pluri-culturalidad, así como de acudir a recursos estéticos y holísticos, para procurar un desarrollo más balanceado y una socialidad más incluyente y tolerante.

Ahora revisemos ¿cómo es que el Dr. Mora, siendo un reconocido burgués y connotado representante del conservadurismo de su época incorpora a su filosofía el ideario liberal?

Precisamente a través del Positivismo mexicano, al que observó desde una perspectiva objetivista inmanentista, que en muchas formas se redujo, en la versión mexicana, desde ser una filosofía vasta y compleja, a quedar en una suerte de empirismo metodológico. No olvidemos que en cierto punto de la historia nacional se vio favorecido el interés de descolocar la influencia de la Iglesia Católica de numerosos asuntos públicos y sociales en los que ésta se hallaba involucrada problemáticamente. De este modo se buscaba principalmente desafiar los esquemas dogmáticos prevalecientes, derivados de la influencia clerical en demasiados órdenes de la vida social, siendo un par de ellos el desarrollo de las ciencias sociales y la educación.

Con esta base, se desvió el positivismo, esencialmente trascendentalista en su versión francesa, a una reducción metodológica, donde se buscaba homologar o replicar los alcances logrados en los campos de las ciencias naturales al estudio de la sociedad. Pero la perspectiva limitada que prevaleció aquí se decantó en una forma de filosofía inmanente, que justificaba el estado de las cosas dadas como producto de un orden evolutivo natural y que posibilitaba a esa burguesía en ascenso, desvincularse del otrora agobiante peso de la influencia clerical, así como para diferir o traslapar a un segundo plano cualquier forma de vinculación o compromiso social que gravara o limitara las rentas, comodidades y el estado de libertad apenas adquirido mediante esa emancipación de la sociedad (entiéndase el homólogo de sociedad civil y academia) respecto del Clero de esa época.

Esta base sirvió también para afirmar una expansión de las fuerzas económicas, que gracias al sentido laico del progresismo liberal, se despojaba de la Iglesia como fuerza contenedora y arbitral, así como de los compromisos sociales y de redistribución que esta venía imponiendo y administrando, a través de esta nueva visión positivista, asociada a un evolucionismo tipo darwiniano, como también lo refiere Zea; que se resumió finalmente en la postura pro Statu Quo “el más fuerte domina y sucede al más débil”.

A esta parcialización del entendimiento positivo se llegó con la interpretación del positivismo en México, a través de Mora, hasta Barreda y los subsiguientes, traslapando la parte del positivismo asociada a una idea de trascendencia generalizada que reivindica finalmente, en su versión europea, la igual dignidad de todos los hombres.

Comte pretendía dejar atrás la educación tipo dogmática, pero sobre todo dejar atrás el pensamiento idealista que permeaba las escuelas teológica y metafísica; es decir, dejar atrás ese planteamiento de que el hombre indagando en su interior podría dilucidar los arquetipos o fuerzas esenciales y que demeritaba algún modo las posibilidad de basar una cientificidad social en metodologías empíricas que tan buenos provechos habían traído para el campo de las ciencias naturales. En esto, Comte más bien lo que buscaba era la reivindicación de la percepción sensorial y de la observación experimental como fuente complementaria de la comprensión ideal. Aunque la parte metodológica del positivismo fue lo que incidió más importantemente en la sociedad mexicana, (soslayando como ya he mencionado toda la cuestión epistemológica trascendental que viene desde la discusión de la gnosis (logos) y la ascesis (praxis) como métodos de conocimiento), para privilegiar el sentido de la aproximación al fenómenos social homologando las metodologías de las ciencias naturales, bajo la específica intencionalidad de descolocar las imposiciones dogmáticas procedentes del ámbito clerical.

Es decir, que en general el espíritu de la época nos habla de la inquietud por trascender el dogmatismo imperante en la “academia” y posibilitar la emergencia y promoción de debates más allá de los alcances o abordajes del poder del clero, que durante muchos siglos había integrado las funciones de ciencia y educación en un solo “sistema”. Entonces, encontramos así en el positivismo, la fundamentación ideológica de una protección de clase a la burguesía laica y liberal de mediados del siglo XIX, y una filosofía de reivindicación del Estado y de deslindamiento general del Estado y la Sociedad, del poder del Clero.

Por último, considérese que la necesidad de una nueva ideología procedía también, del derrocamiento del orden monárquico acontecido en Francia y que se trasladó hasta América junto con el nuevo ideario libertario de igualdad y fraternidad. Parece que a Barreda o a sus sucesores, sólo se interesaron en absorber, de toda esa complejidad que encierra la filosofía positivista, la parte necesaria para secularizar al Poder del Estado, y particularmente la educación pública, aquella parte metodologicista y epistemológica que exalta el papel de la razón en correlación con observación experimental, que, escindida de su enfoque trascendental, se vino a decantar en una filosofía justificatoria del estado de las cosas, así mismo de los privilegios de clase de los “positivistas”.

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